Las cuatro joyas del ballet cubano

De izquierda a derecha, Josefina Méndez, Mirta Plá, Alicia Alonso, Loipa Araújo y Aurora Bosch.

Más de cuarenta años atrás, el 17 de junio de 1967, el inglés Arnold Haskell, considerado entonces por su larga y rica experiencia como el decano de la crítica mundial de ballet, daba a conocer en el suplemento habanero Cuatro páginas de Granma, su valoración sobre el ballet cubano. El célebre artículo se nombraba Las joyas del ballet cubano y estaba dedicado a las bailarinas Loipa Araújo, Aurora Bosch, Josefina Méndez y Mirta Plá.

Nadie sospechó que con su texto, Haskell nos entregaba un documento trascendental para la historiografía y la crítica de la danza en Cuba, en el que se estableció de manera rotunda una valoración que hacía reconocimiento a los logros históricos de la escuela cubana de ballet y a la individualidad de sus sólidas representantes más jóvenes.

Loipa Araújo

Loipa Araújo es una artista que no encerró su arte en moldes rígidos ni en torres de marfil, porque lo ha considerado un medio de comunicación con sus contemporáneos, un instrumento para alimentar la vida de todos los seres humanos y no un dogma o una prebenda de iniciados. Fiel a ese credo ha sabido conciliar el respeto por las tradiciones con la audaz búsqueda de una respuesta formal a los reclamos de su tiempo. Durante décadas hemos tenido la posibilidad de verla en el noble empeño de conseguir que nuestro público de ballet fuese amplio y conocedor. El taller o la fábrica, un surco en la tierra recién abierta, o rústicas tarimas en apartados rincones del país devinieron escenarios donde se le vio realizar tan noble afán.

Aurora Bosch

Aurora Bosch se hizo colosal por sus triunfos: fueron la merecida recompensa a tan férrea voluntad que no claudicó frente a las adversidades. ¿Cómo olvidar su lucha contra lesiones que hubieran significado el adiós definitivo a la escena de no haber encontrado un coraje, una vocación y un impulso decidido a no dejarse vencer? De esa dura batalla Aurora emergió con la voluntad de seguir vigente, con su asombroso poderío técnico intacto, presta a encontrar caminos que la guiarán a una exquisita sensibilidad.

Josefina Méndez

Josefina Méndez, perennemente con el rigor de hallar la superación profesional, con su inalterable buen gusto y esa ductilidad estilística que la caracterizó, se forjó como una carismática personalidad del ballet cubano. En todos esos años se le vio crecer la estatura artística desdoblada en sílfide, wili o cisne, en temperamentales personajes de William Shakespeare, Federico García Lorca y el cubano Cirilo Villaverde, o en múltiples criaturas que solo ansiaban la estética de una belleza pura. En una juventud renovada, se le pudo admirar como una de las ilustres damas de nuestra escena nacional.

Mirta Plá

Mirta Plá fue, ante todo, el esfuerzo y la entrega disciplinada. Aunque pionera en ostentar el rango de Solista, y en la conquista de galardones internacionales para el ballet cubano, tampoco cejó en su empeño de hacer de la clase diaria un ritual imprescindible para superar deficiencias y revalidar la vigencia sobre las tablas. Dueña de una serena presencia escénica, a la que mucho contribuyó su antológica sonrisa, alcanzó caracterizaciones superlativas, tanto en la tradición del siglo XIX, como en la vertiente neoclasicista, en las que resaltaron, con particular relieve, su bella línea y elegantes maneras. Sus roles de soubrette, al paso del tiempo, siguen siendo reto y pauta para las bailarinas cubanas.