Saludo al Ballet de Camagüey

Cuando el 20 de mayo de 1960, el Comandante en Jefe Fidel Castro, entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario firmaba la Ley 812, establecía en ella las directrices de la política cultural a desarrollarse en la nación, poniendo particular énfasis en varios de sus Por cuanto, en lo referente al ballet, al que definía como «una de las más elevadas y más hermosas manifestaciones artísticas». Esa Ley,  que garantizó la existencia del hoy Ballet Nacional de Cuba, le otorgaba la gran responsabilidad de «propender esencialmente a la mayor y ejemplar divulgación de ese género artístico en toda la República».

Ofelia González junto al Ballet de Camagüey en GISELLE

Alicia y Fernando Alonso llevaron sobre sus hombros esa honrosa y difícil tarea, no solamente elevando la «Compañía madre» a los más altos niveles de excelencia a nivel mundial, sino ayudando  a consolidar un riguroso sistema pedagógico que permitió el descubrimiento y la formación de una cantera de talentos a lo largo y ancho de la nación. A la ciudad de Camagüey le tocaría el honor de convertirse en pionera de ese ansiado desarrollo, por múltiples razones. Sabida es su rica tradición cultural, la gran sensibilidad de sus pobladores y en lo referente al ballet, desde época temprana este arte encontró en esa provincia terreno fértil y valiosas simientes.

Desde la década del 40 del pasado siglo la labor precursora de las maestras Gilda Zaldívar y Marta Matamoros, en el Colegio Zayas, sentaron las primeras bases, que culminarían en el quehacer de una venerable mujer: Vicentina de la Torre, quien al paso del tiempo devino el Alma Mater del ballet en Camagüey. Becada por la Academia de Ballet Alicia Alonso en la década del 50, enriqueció allí su vocación hasta el forzado retorno a su ciudad natal, tras la agresión de la tiranía batistiana a la Academia y la Compañía del Ballet de Cuba, en 1956.

El Maestro Fernando Alonso imparte ensayos en los salones del BC

En su amado Camagüey, mantuvo viva la llama del desamparado ballet cubano, hasta 1961 en que su modesta Academia privada devino, oficialmente, en la Escuela Provincial de Ballet, donde fue fiel guardiana de los principios metodológicos, técnicos, éticos y estéticos de la Escuela Cubana de Ballet, y formó toda una generación de valiosos bailarines, convertidos más tarde también en profesores y maestros altamente capaces.

Fue esta coyuntura histórica la que propició en estrecha cercanía con Alicia, Fernando y otros miembros del Ballet Nacional de Cuba, el nacimiento del Ballet de Camagüey el 1 de diciembre de 1967, con Vicentina como Directora.

El medio siglo de fecunda labor que ahora festejamos constituye para el Ballet Nacional de Cuba  un regocijo y un legítimo honor, pues desde esa etapa fundacional se establecieron profundos lazos de colaboración entre ambas agrupaciones, que incluyó todas las áreas de la creación artística. Nombres como los de Alberto Méndez y Adolfo Roval contribuyeron a abonar el camino del despegue, en el que tomaron parte la casi totalidad de las primeras figuras de la Compañía, así como técnicos y especialistas en escenografía, vestuario, sonido y divulgación. Colaboración que tuvo un hito con la presencia de Joaquín Banegas y Silvia Marichal, quienes guiaron sus destinos en la etapa de 1969 a 1973 con clara visión de futuro.

Teatro Principal de Camagüey (sede habitual de presentaciones del BC)

Para los que fuimos cercanos testigos de la brega del novel conjunto, en el período que medió desde su fundación hasta la llegada del maestro Fernando Alonso, no podemos dejar de rendir tributo  a todos aquellos que mantuvieron vivo un quehacer que bordeó  casi la hazaña. Los alumnos formados por Vicentina, y los refuerzos  que fueron  llegando tras la primera  graduación de la Escuela Nacional de Ballet, a partir de 1968, con devoción casi sacerdotal, no claudicaron  frente a innumerables dificultades, que abarcaron desde las ruinosas condiciones del teatro Principal y la sala Tassende, para sus presentaciones; la carencia de locales idóneos para clases y ensayos y las no menos golpeantes condiciones  de hábitat para un núcleo constituido mayoritariamente por bailarines y coreógrafos no camagüeyanos, o no residentes  en la capital provincial.

Aida Villoch (Giselle), Marta Iris Fernández (Berthe) junto al BC

Todo ello no impidió el cumplimiento de un mandato histórico, que incluyó, junto a las sistemáticas funciones en los mencionados escenarios teatrales, una amplia labor de difusión cultural en centros industriales, campamentos agrícolas, granjas y agrupaciones campesinas, centrales azucareros, unidades militares y planteles educacionales, decisivos en la formación  de un público cada vez más amplio y conocedor.

Al maestro Fernando Alonso  le tocó la merecida  gloria de elevar a niveles superiores al conjunto que ayudó a nacer, en el fructífero período de 1975 a 1992, en que de forma sabia guió sus destinos. Él no solamente logró la superación  del nivel técnico-artístico y la diversidad del repertorio, que incluye ya más de dos centenares de títulos, representativos  de la gran tradición romántico-clásica y obras contemporáneas de coreógrafos  cubanos y extranjeros, sino que cincela una sólida estatura internacional con giras por América, Europa y Asia.

Fruto mayor de su ardua labor fue la cantera  de alumnos que hizo crecer a su lado y que fieles  a su legado, han continuado el trabajo que hoy permite al Ballet de Camagüey figurar entre los más sólidos y emblemáticos exponentes de la danza escénica cubana.

Regina Balaguer (actual directora desde 1996) junto a Fernando Alonso en el cumpleaños 90 del inolvidable maestro

Salud al Ballet de Camagüey, en su medio siglo de existencia, para que en idéntico propósito, logremos que nuestro arte siga figurando como uno de los más relevantes éxitos de nuestra cultura y como un aporte de ella a la riqueza universal del arte de la danza.

 

*Historiador del Ballet Nacional de Cuba.